SIN ANIMO DE OFENDER prologo
PRÓLOGO
Una buena amiga, comprometida y progresista, euskaldun (euske-ra parlante, por más señas), sonreía este verano al oir hablar andaluz a mi hijo Pablo. Espontáneamente le pregunté porque lo hacía. Ella me respondió:
- Porque le hacía gracia, no podía evitarlo.
De nuevo le pregunté:
- ¿ Y por qué en vez de hacerte gracia, no lo ves, simplemente, como algo extraño? ¿te ocurre lo mismo con otras hablas del Estado?
No recibí respuesta alguna. Cruzamos miradas y ello nos ofreció luz a ambos. Comprendió que, ajena a su voluntad, había caido en el tópico que ella misma rechazaba conscientemente para su pueblo y el mío. Sin haberlo querido, yo mismo percibí también hasta qué punto elementos inconscientes, supuestos tópicos manidos y amarillentos de otras épocas, siguen interiorizados en nuestras mentes. Con autocrítica creo que no hace falta insistir en todos los que desde esta tierra soportamos sobre los vascos.
Este ejemplo nos ilustra sobre cuanto nos falta a los andaluces para tomar conciencia de nuestra habla. ¿Ha probado el lector a que algún castellano parlante intente repetir cualquier palabra singular de nuestro vocabulario andaluz? Posiblemente recurra finalmente a la mofa o a la grasia ampliamente conocida del olé mi arma chiquillo.. Suele pasar demasiado. Se desprecia lo que se ignora que diría Machado, y la cultura oficial dominante no resulta precisamente neutral en ello.
Vayamos por partes, porque el asunto no es fácil.
El tema de los estudios lingüísticos resulta, por áspero y agrio, poco popular. Alguien, de quién nadie pone en duda su capacidad intelectual, como es el caso de Blas Infante, evitó hincarle el diente en profundidad. Presumiblemente él era consciente de tanto como se esconde de nuestra personalidad diferenciada tras nuestra habla, pero aunque se implica intelectualmente en un amplio abanico de temas, no ocurre así con el que nos ocupa. Sí se documenta, en cambio, que le atrae el vocabulario arábigo-andaluz por sus estudios sobre los orígenes del flamenco y en sus reflexiones sobre el principio de las culturas de su libro Fundamentos de Andalucía (Fundación Blas Infante, 1984). De forma que, tal y como demuestra nuestro texto, también llega a intuir acertadamente en el terreno del habla.
Por ello, lo primero que tenemos que subrayar, en este prólogo que con placer realizo, es que Tomás Gutier, en la síntesis personal que significa todo proceso de madurez personal e intelectual, efectúa en estas páginas un esfuerzo ingente a la hora de hacer comprensibles y popularizar una serie de cuestiones que hasta ahora venían siendo objeto de especialistas. El libro posee, por tanto, un indudable contenido pedagógico y generador de un debate que -precisamente- muchos ilustres doctos y cátedras se niegan a ofrecer o creen abiertamente ya superado con su visión integrista de la realidad.
Quienes así malviven aferrados a su verdad inmediata y conven-cional, aislados en su torre de marfil, desconocen que, nada más y nada menos que nuestro Estatuto de Autonomía, nos invita entre sus obje-tivos (art.12.3.2) a todo lo contrario. Todos los andaluces deben acceder a niveles educativos y culturales que le permitan su realización personal. pero es que, además, afianzar la conciencia de identidad andaluza viene de la mano de la promoción y el reconocimiento que los andaluces realizamos de todo un sinfín de valores que significan nuestra singularidad. Nuestra aportación, por sí, al conjunto de pueblos de este Estado, de Europa y de la Humanidad.
Mas parecería que algunos, lejos de toda pluralidad y tolerancia que implica la duda intelectual, se aferran a repetir lo convencional y a despreciar, antes que evaluar con rigor, aquellas novedosas perspectivas que emergen del estudio, en este caso, del habla andaluza. Ellos son quienes, con idéntica falta de rigor al que critican, ponen su énfasis en diluir singularidades andaluzas en la pluralidad de hablas, ya sean andaluzas, del Estado, e incluso de América latina. Con ello, las aporta-ciones del andaluz, por fácilmente asumidas, resultan despreciadas. Aún así, es necesario recordar que más de un eminente lingüísta ha señalado que el castellano evoluciona hacia el andaluz, y que, incluso, el principal enriquecedor de éste es, con mucho, nuestra habla. Lástima que esas reticencias no la muestren tan decididamente con la verdadera invasión del anglosajón, portavoz de una globalización alienante.
De esta forma, parece que olvidamos algo tan básico como las consecuencias psico-sociales que se derivan del uso (o abuso) de nuestra habla como andaluces. Y ello es, precisamente, donde el autor pone su mayor énfasis: ¿Qué implicaciones tiene para los andaluces el asumir que hablamos mal y que, en consecuencia, no poseemos habla propia como elemento cotidiano de uso en nuestras vidas?
Hoy nadie sensato pone en duda la existencia de unas caracte-rísticas fonéticas y fonológicas en el andaluz, aunque no por la sin-gularidad deban ser homogéneas en el conjunto de nuestra gente o del territorio. El empeño de la cacareada "visión global" llega de la mano de que todo, incluida el habla andaluza, es una variedad del español meri-dional o atlántico (¿); de forma que sólo reconocen en el castellano (¿) una pretendida unidad interna que no otorgan al resto. Alegan que no toda Andalucía habla el mismo andaluz..., cierto, pero... ¿toda Castilla habla el mismo castellano?. Es el viejo truco de aplicar la pluralidad sólo al contrario que se desea descalificar, y defender por contra, una supuesta coherente unidad en aquel concepto de cualquier índole que se desea proteger.
Sabemos que la geografía y el nivel socio cultural de los hablantes, así como la situación donde se realiza la comunicación, dan lugar a variaciones en el uso de la lengua. Somos conscientes de que toda situación lingüística es explicable también a partir de la historia. No obstante, si bien es comúnmente aceptado que el habla andaluza deriva del castellano medieval, que no del moderno, no es menos cierto que nuevas teorías cuestionan esta visión ortodoxa.
El autor, en gran parte de su estudio, nos apunta algunas de ellas con la fuerza de quien no se conforma, pese a muy repetidas, con respuestas incoherentes y convencionales. A los ojos de la lingüística clásica es impensable que el castellano proceda del romance aljamiado. En cambio, resulta natural, coherente y obvio -según anuncian- que apa-rezca en un monasterio del camino del santo patrón de España. Parece lógico (¡) de esta forma que el castellano -siempre se ha dicho, proce-dente del latín- brote en la zona de la península más rebelde y menos privilegiada a la presencia de la romanización. Impensable es que proceda de la Bética senatorial, donde los andaluces de entonces, parece ser, estuvieron mudos y sin literatura hasta que llegaron nuestros reconquistadores. Sabios señores que no sólo nos traen -y lo decimos con sorna- el habla correcta, sino religión verdadera, monarquía unitaria y hasta una precoz vocación europea. Dicho de otra forma, tuvimos por estas tierras la habilidad lingüística de cambiar en cinco siglos el latín por el árabe y, más tarde, por el castellano. Como bien se recoge en el texto, fuimos tan torpes que no supimos desarrollar un idioma propio partiendo del latín, cosa que sí hacen -en cambio- otros territorios con absoluta normalidad.
Pero hay más. Se empeñan en defender que el mozárabe estaba presente sólo en los cristianos de al-Andalus. Como si a musulmanes y judíos de esta tierra se le negara xenófogamente cualquier influencia desde el latín. Como antes expresamos, se presenta fuera de toda duda que el mozárabe estuviera extinguido cuando comienza la conquista castellana (¡). Es cierto que los cristianos en la última etapa de al-Andalus fueron más perseguidos, pero ¿podemos atribuir a la escurridiza realidad cultural las mismas prerrogativas que a los estrictos hechos militares?. Es más, si se habla de persecución, destierro o deportación tanto de cristianos en los primeros momentos como de musulmanes y judíos al final, ¿podemos entender que todos los procesos culturales desde esos instantes están ya perfilados o finalizados en un sentido u otro? ¿o se trata, por el contrario, de una realidad más compleja, desdibujada y abierta ya apuntada incluso por Blas Infante en su Principio de las Culturas?.
Más bien creemos, junto al autor, que las negativas a valorar muchas dudas que existen, responden a una visión talibana del asunto y, una vez más, a la manipulación de la historia para justificar o compensar el presente. (¿De qué me sonará esto?). Si la Real Academia de la Lengua no fuera consecuente con una historia en exceso centralista, ¿como entonces se podría justificar tanto paternalismo americanista realacadémico con las hablas, por ejemplo, de México, Cuba o Chile?. No evolucionan las hablas, o ¿qué esconde en realidad este centralismo lingüístico?.
Sobre esta base, Andalucía no puede ser la excepción que cuestione una doctrina oficial en todas sus variantes. Por eso, desde esta concepción centralizada de los hechos, se justifica la expulsión de los mal llamados árabes (en realidad andalusíes). Y en la medida que hubo vacío poblacional y cultural (¡), debe existir, en consecuencia, una repo-blación que nos enseñe, entre otras cuestiones, a rezar, a amar la unidad de los reinos y a su institución real..., e incluso a hablar. Ya hemos advertido que es comúnmente aceptado que las fronteras naturales en esta rígida concepción cultural, lo son también para la aceleración o ralentización, según convenga, de los procesos culturales. ¿Qué esconde realmente el interés en poner fronteras y aduanas a las mentalidades y a los valores culturales?.
Por todo ello y siempre según la versión oficial, el andaluz tampo-co puede proceder de la conjunción árabe-castellano. Nunca se dio en Andalucía situación de tal calibre de forma prolongada (¿) y, en conse-cuencia, no pudo existir interferencias entre una y otra lengua. En coherencia con las visiones tópicas que venimos cuestionando, una vez derrotados y expulsados los amigos de Boabdil, surge por arte de magia un nuevo panorama cultural uniformado (nunca mejor dicho) y, aparen-temente, aceptado de forma voluntaria (¡). La pervivencia en el tiempo y la singularidad cultural de los moriscos, sencillamente no cuenta. Los ocho siglos que tardó en consumarse la conquista castellana, tampoco. Cualquier intercambio posible entre ambas comunidades no tuvo lugar, porque, si quedara algún resto en suelo patrio liberado -y permítanme continuar con la ironía- serían siglos más tarde devueltos todos a África. Lugar, por otra parte, y como suelen decir, de donde nunca debieron haber salido (¡).
No podemos olvidar en esta particular historia de Andalucía que la presencia de andaluces en la colonización de América, lo es siempre para hablar en castellano. Difícilmente asumido, como podemos com-probar, por los oidos indígenas. Por suerte para todos, la realacademia sigue velando por el español.
Pero la objetividad, como apunta la bibliografía utilizada en el trabajo, toma otros derroteros. Cada vez son más los estudiosos (Zoido) que apuntan incluso a la influencia de la literatura andalusí, nada más y nada menos que en el Renacimiento italiano. No está tan clara y cerrada la cuestión, amigos, otra cosa es que, por intereses convencionales y de interés de Estado se afirme lo contrario.
En este libro, como hemos apuntado con anterioridad, se insiste fundamentalmente en cómo los andaluces tenemos conciencia (si es que la tenemos) de nuestra habla. De la valoración negativa y peyorativa que realizamos sobre esa diferencia, nos hace el autor algunas aportaciones interesantes. Me pregunto si quizás los andaluces no hemos interio-rizado y asimilado en exceso nuestra supuesta inferioridad como pueblo a partir de la ajena percepción que poseemos de nuestra habla. Quizás la usamos en exceso para los chistes y de ahí que, para la información se utilice un pretendido castellano castizo. O, como resulta más humillante aún: contemplar el esfuerzo de muchos profesionales andaluces, empe-ñados forzadamente en ser fisnos y, sin éxito, en dejar de ser incultos. Es decir, andaluces. Renuncian a ejercer de andaluces, por entender (¿) que se dirigen a un público castellano parlante (¿).
Así mismo, es razonable la denuncia de cómo los poderes públicos con mayor responsabilidad y competencia en la materia (Junta de Andalucía), han puesto su énfasis en sentido contrario al estatutario y han presentado el habla andaluza como una nueva variante de lo uni-versal multicultural. (siempre me he preguntado el porqué de esa fobia a que seamos nosotros mismos, como mejor forma de enriquecer la realidad). Las propuestas alternativas que se señalan en la obra, por singulares, deben ser dignas siempre de una argumentación seria en un sentido o en otro.
El autor de la obra nos regala de esta forma una elaborada síntesis desde donde interpela con la humildad de quien se cuestiona para buscar respuestas a nuevas preguntas. Anónimo lector, decía Einstein que las personas no son grandes por sus respuestas, sino por sus preguntas. Y este libro entre tus manos no duda en abrir interrogantes convencido de que no posee la solución para todas ellas. Entiendo que ese es el camino a la Verdad.
Entre todas las premisas en estudio, me gustaría subrayar al menos dos: hablar andaluz no es, ni debe llegar a ser, algo vulgar; y por otra parte, es conveniente afrontar el estudio del andaluz sin ninguna inten-cionalidad oculta. La conciencia que tengamos de ello es, sin duda alguna, un sentimiento que incide en nuestro ejercicio cotidiano de ser andaluces. Nos interesa mucho pues, ver como los andaluces valoramos nuestra habla y, a partir de ahí, como siempre estará presente esta percepción íntima, comenzar a redescubrir con satisfacción nuestra dife-rencia lingüística. El complejo de inferioridad al que nos induce nuestra habla, sólo es una variante más de la inferioridad social, económica y cultural en la que se encuentran inmersos muchos andaluces. Es hora pues, como decía cierta cuña publicitaria radiofónica de la transición, de sentirnos orgullosos de hablar andaluz. Habla bien, habla andaluz.
Este no es un libro más, porque en él se nos invita a profundizar sobre lo que fuimos, somos y debemos ser. Y ello, para el Centro de Estudios Históricos de Andalucía es todo un honroso deber. Tomás, como amigo, compañero y socio nos aporta un serio material para ejercer como andaluces. Con una copa de buen vino chiclanero brindamos por ello. Queda abierta la polémica. Salud y... sin ánimo de ofender, que nos aproveche a todos.
Manuel Ruiz Romero
Secretario del Centro de Estudios Históricos de Andalucía
Universidad de Sevilla (mansusi@teleline.es)